Ejemplo TFG Economía

Tesis doctoral

RESUMEN

Muchas naciones emergentes (o «países de renta media») han experimentado un declive económico en los últimos años, con causas y efectos invariablemente diferentes a los de las naciones avanzadas, que tienen una economía madura, una renta per cápita elevada y una presencia flexible en el comercio internacional. El caso brasileño, en particular, ha sido objeto de amplios e intensos debates en los últimos años, sobre todo porque hay varias áreas de la actividad industrial que vienen sintiendo los efectos de la desvalorización de los competidores en el exterior y, por qué no, de la pérdida de participación en los mercados extranjeros que han solicitado sus productos en las últimas décadas. Como resultado de esta circunstancia, se han producido pérdidas de empleo en varios segmentos de la actividad industrial en diversas localidades. Hace 50 años, Brasil vivía un extraordinario impulso de desarrollo económico, guiado por el Plan de Metas del gobierno de Kubitschek, cuyo lema era «50 años en cinco años». Como resultado, se creó un marco para la industrialización planificada, basado en un conjunto de instituciones y leyes hasta entonces inéditas destinadas a promover el desarrollo industrial.

Palabras claves: Industrialización, Brasil, Economía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ABSTRACT

Many emerging nations (or «middle-income countries») have experienced economic decline in recent years, with causes and effects that are invariably different from those of advanced nations, which have a mature economy, high per capita income, and a flexible presence in international trade. The Brazilian case, in particular, has been the topic of extensive and intense discussion in recent years, particularly because there are several areas of industrial activity that have been feeling the effects of cheaper overseas competitors and, why not, the loss of participation in foreign markets that have requested their products in recent decades. As a result of this circumstance, employment losses have occurred in various segments of the industrial activity in various locations. Fifty years ago, Brazil was undergoing an extraordinary economic development push, guided by the Kubitschek government’s Goals Plan, whose motto was «50 years in five years.» As a result, a framework for planned industrialisation was created, based on a hitherto unheard-of set of institutions and laws aimed at promoting industrial development.

Keywords:Industrialization, Brazil, Economy

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Contenido

RESUMEN

ABSTRACT

INTRODUCCION

1.  Identificación del tema

Los orígenes de la industrialización en Brasil

La vieja Republica

La primera Era de Vargas

2. Pregunta clave, hipótesis y objetivos

Pregunta clave e hipótesis

Objetivos

Objetivo General

Objetivos específicos

3. Historia de la economía  del Brasil antes del periodo de industrialización, con la modernización de la sociedad agroexportadora y los primeros desarrollos industriales

4. Fin de la vieja república y el porqué del fallo de las políticas económicas usadas hasta entonces.

5. Paso de una economía pre-industrializada para las exportaciones agrarias a una economía con fuerte crecimiento de la industrialización para cubrir el mercado interno en Brasil.

CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFIA

 

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCION

La economía de Brasil es la mayor de América Latina y la sexta del mundo. Brasil tiene una economía diversa con enormes recursos naturales, y va camino de convertirse en uno de los cinco países más importantes del mundo en las próximas décadas, ya que su PIB crece constantemente. En términos de crecimiento industrial, Brasil destina una gran parte de su PIB y las condiciones sociales y legales hacen que el país se haya expandido enormemente en este campo. Vehículos, hierro, acero y textiles son sólo algunos de los artículos que exporta Brasil. Es importante remontarse a los primeros años después de la Segunda Guerra Mundial para obtener una imagen completa de lo que ha progresado la industria brasileña.

En realidad, una vez terminada la contienda y agotadas las reservas de divisas acumuladas durante la misma por las grandes compras, el gobierno brasileño se vio enfrentado a una importante crisis cambiaria, que optó por abordar poniendo limitaciones cuantitativas a las importaciones. Los criterios utilizados para ejecutar esta política indicaban una estricta limitación de las importaciones de artículos de consumo no esenciales y un grado de liberalidad en la concesión de permisos para la importación de materias primas y equipos. De este modo, se fomentaba el desarrollo de productos manufacturados en la nación para sustituir las importaciones que ya no podían realizarse con regularidad.

La industrialización de Brasil se caracterizó por la rápida expansión de la producción de bienes de consumo, especialmente de bienes duraderos, así como por la rápida expansión de las industrias que producen bienes productivos. Brasil tiene una deuda externa de más de 200.000 millones de dólares, a pesar de exportar la mitad de esa cantidad. A la hora de identificar el momento en que comenzó la industrialización moderna de Brasil, los estudiosos coinciden casi unánimemente en que fue la combinación de la abolición del régimen de trabajo esclavo, la concentración de la renta en la región centro-sur del país (especialmente en la región cafetera de Sao Paulo) y la recompensa dada a la entrada de trabajadores europeos a finales del siglo XIX (Camargo de Villegas, 2006).

Esta confluencia de elementos explica la capacidad de la economía nacional para responder con flexibilidad a los desafíos planteados por los cambios en el mercado mundial, del que dependía la exportación de café y otros cultivos tropicales. Cincuenta años después del inicio del apogeo del desarrollismo, el país asiste a un resurgimiento del crecimiento que parece ser duradero. En realidad, el comportamiento de la economía en 2008 fue fundamentalmente diferente al de décadas anteriores, antes del colapso precipitado por la aparición de la gran crisis financiera mundial en septiembre. En este nuevo escenario, el Estado volvió a crear proyectos y objetivos, de nuevo de carácter pragmático, pero en un contexto de economía abierta e internacional.

Estas iniciativas, que aún son incipientes, ya que fueron lanzadas en 2007 y 2008, respectivamente, tienen el beneficio de centrar la discusión sobre cómo construir y mantener políticas de desarrollo estructural capaces de sostener un ciclo económico de largo plazo. Estas preocupaciones se vuelven pertinentes precisamente cuando la situación mundial está en plena ebullición. Brasil fue el país latinoamericano que más avanzó en el esfuerzo inicial de industrialización, tuvo el período más largo de estancamiento y ahora tiene las mejores circunstancias para dar un salto a una nueva fase de crecimiento.

Desde el primer gobierno de Getulio Vargas (1930-1945), que reguló el mercado laboral, aplicó medidas proteccionistas e invirtió en infraestructuras nacionales, el sector industrial brasileño experimentó un fuerte crecimiento, impulsando la industrialización de las principales ciudades del país en la región sureste. En la actualidad, el país destaca y es extremadamente competitivo en diversos sectores, como el de la pasta y el papel, el del hierro y el acero, el de la minería, el de la aviación, el del petróleo, el del gas natural y el de la petroquímica, el del bioetanol y el de la carne, por citar algunos. En 2008, los productos industrializados representaron más de la mitad de las exportaciones totales de Brasil (60,5%). La industria de la construcción civil fue la que más creció entre los sectores industriales, con un aumento de la producción del 8%.

Le siguió un aumento del 4,5% en los sectores de energía y gas, agua, saneamiento y limpieza urbana. La industria de extracción de minerales creció un 4,3%, con un crecimiento anual del 5,2% en la producción de petróleo y gas y del 1,9% en la de mineral de hierro. Por último, la industria de la reestructuración registró un aumento del 3,2%. El sector del transporte encabezó el crecimiento de la industria de la transformación en 2008, con un aumento del 42,5%, seguido de la industria farmacéutica, los dispositivos médicos y ópticos hospitalarios, etc., la metalurgia básica y el sector del automóvil. En cuanto al sector del automóvil, Brasil se convirtió en el sexto fabricante mundial en ese periodo, con 3,2 millones de vehículos producidos (un aumento del 8 por ciento respecto al año anterior) (Leal, 2012).

Cuando se trata de Brasil, es como si habláramos de todo un continente. Sin duda, uno de los aspectos más sorprendentes de Brasil es lo grande que es todo. Brasil es un gran mercado emergente con un enorme potencial comercial. El territorio de Brasil abarca 8,5 millones de kilómetros cuadrados, lo que supone aproximadamente la mitad (47%) de la superficie total de América Latina. Contiene el 20% de la biodiversidad mundial. Tres quintas partes de la producción industrial de la economía sudamericana se producen en la nación. Brasil comercia regularmente con más de cien países, y los productos manufacturados o semimanufacturados representan el 74% de todas las exportaciones.

La Unión Europea, Estados Unidos, Mercosur y América Latina son los principales socios. El gobierno brasileño está centrado en el diseño de proyectos que incorporen la participación del sector privado, principalmente a través de concesiones compartidas y asociaciones público-privadas, con el fin de impulsar la eficiencia y estimular las inversiones, especialmente en el sector de la construcción.

1.  Identificación del tema

Los orígenes de la industrialización en Brasil

La vieja Republica

Brasil declaró la Primera República en 1889, posteriormente conocida como la Repblica Velha (Antigua República), que duró hasta la revolución de 1930. Este periodo suele dividirse en dos mitades, la primera conocida como la República de la espada, y la segunda como la República del café y la leche. Brasil había sido una monarquía, con Pedro II como monarca reinante. Cuando los rebeldes republicanos se lo pidieron, renunció a la monarquía de Brasil. La historia de Brasil difiere de la del resto de América Latina no sólo por ser una colonia portuguesa, sino también porque la Corona portuguesa se estableció en su suelo. Desde 1822 hasta 1889, fue gobernado por una monarquía local (Carvalho, 1993).

El proceso revolucionario tuvo la particularidad de ser el resultado de una lucha entre muchos grupos ideológicamente diversos, entre los que se encontraban los que defendían la monarquía, los que defendían el sistema republicano, los que defendían la esclavitud, los que defendían la abolición de la esclavitud, los militares, los civiles y los nuevos empresarios del café o del ganado, por nombrar algunos. Los defensores de la ideología republicana en Brasil querían la abolición de la monarquía. La esclavitud fue abolida en Brasil por la Ley de Oro de 1888, aunque fue recibida con oposición. La mano de obra esclava era relativamente barata, y con la nueva norma, tendrían que contratar y pagar a la gente, lo que socavaba los intereses económicos de varias industrias.

En 1889, los republicanos aprovecharon esta situación para declarar la república. En 1890, se estableció un gobierno federal, con una constitución inspirada en la de Estados Unidos. Deodoro da Fonseca, un oficial militar, fue el primer presidente de Brasil. Los regímenes autoritarios tipificaron el primer y el segundo mandato presidencial, que luego fueron gobernados por los cafeteros del norte y los ganaderos del sur. Por ello, ambos periodos se conocen como la República de la Espada y la República del Café y la Leche, respectivamente.

El debate político se centró en si había que conservar una monarquía centralista o si la única salida era formar una federación republicana para establecer la unidad tras la abolición de la esclavitud en 1888, ante el descontento y la crisis que esta medida provocó en la alianza monárquica en el gobierno. Este era el momento que los republicanos estaban esperando, y el 15 de noviembre de 1889 montaron una revolución, derrocaron al gabinete monárquico y declararon la República, instando a la familia real a abandonar el país. De este modo se consolidó el control de la oligarquía cafetera sobre el aparato del gobierno federal. En 1891 se redactó la Constitución Republicana, que establecía una república federal (Donghi, 2008).

Se adoptó un sistema de gobierno presidencialista, en el que el «Presidente de la República de Brasil» ejercía el Poder Ejecutivo por un período de cuatro años. Un poder legislativo dividido en dos cámaras de representantes: por un lado, la Cámara de Diputados, que estaría formada por miembros de cada estado, con un mínimo de cuatro diputados por estado, proporcional al número de su población. La asamblea constituyente garantizaba tanto a los ciudadanos como a los residentes extranjeros una gran variedad de derechos, entre ellos el derecho a la libertad, la seguridad y la propiedad.

Todas estas reformas son similares al constitucionalismo liberal que surgió en otros países que adoptaron los sistemas de gobierno presidencial y federal, como Argentina y México. La cantidad de poderes otorgados a los estados que conformaron la unión federal muestra la diferencia entre estos dos modelos de organización política estatal mencionados anteriormente. Cada estado de la República Federal de Brasil tenía la capacidad de obtener préstamos extranjeros, formar sus propias fuerzas armadas y cobrar impuestos sobre los productos exportados. El gobierno federal conservaba el control para el cobro de los aranceles de importación.

La República del Café con Leche se conoció entre 1891 y 1930 porque el gobierno central de la República de Brasil llevó a cabo una política que beneficiaba a los estados de Minas Gerais (Leche) y Sao Paulo (Café), principalmente en relación con el cultivo de este último, que era el principal componente de exportación de ambos estados. El acuerdo de Ouro Fino, firmado en 1913, formalizó la unión política entre las Repúblicas del Café y de la Leche, permitiendo que un paulista o un mineiro ocuparan alternativamente la presidencia. El «Acuerdo de Taubaté», firmado por los estados de Sao Paulo, Minas Gerais y Río de Janeiro en 1906, formalizó la cooperación económica (Love, 1993).

Por un lado, se acordó la concesión de un préstamo de 15 millones de libras esterlinas para apoyar la participación del gobierno en el mercado, con el objetivo de adquirir el producto a los productores de café a un precio razonable. Por otro lado, se estableció un sistema para mantener la estabilidad del tipo de cambio y evitar la devaluación de la moneda brasileña. Esta estrategia intervencionista permitiría al gobierno acaparar las cosechas para venderlas posteriormente a un precio mayor en el mercado internacional (FAUSTO, 2003).

Según este autor, el gobierno federal y otros estados que habían firmado el acuerdo se opusieron, por lo que la política fue aplicada únicamente por el estado de Sao Paulo. El Congreso de la Unión se alistó entonces en 1908 para garantizar un préstamo solicitado por el Estado de Sao Paulo con el fin de continuar la política de acopio. Los precios del café siguieron subiendo hasta 1912, lo que indica que el plan de revalorización fue un éxito. El paso de las relaciones simplemente comerciales a la producción colonial tuvo que realizarse de forma diferente según las diferencias geográficas.

Había dos categorías de artículos necesarios: los minerales valiosos y los productos tropicales que no estaban disponibles en Europa. Según sus conocimientos y recursos técnicos del momento, esto afectaba a la elección de los lugares a los que emigraba el colonizador. La mano de obra era el segundo componente decisivo en la producción colonial. El objetivo básico era conquistar y organizar a los indígenas capaces de adquirir metales o productos tropicales para que trabajaran para el colonizador. Se trataba de elegir entre eliminar o adaptar la antigua organización indígena para satisfacer las nuevas demandas, lo que supuso la aniquilación física de millones de nativos (Clade, 2000).      

Hubo un notable afán por probar cosas nuevas sin descuidar los precedentes históricos de los imperios antiguos y medievales, lo que sólo permitió una apariencia de estabilidad hacia mediados del siglo XVI. Sobre todo, se trataba de desarrollar un sistema de migración masiva hacia la minería o el trabajo agrícola sin sacrificar una economía colonial vital y una estructura comunal mínima, que sirviera de reserva de mano de obra en concreto. La cuestión más relevante, sin embargo, es cuando la mano de obra es escasa, como en Brasil. Los indios brasileños carecían de la necesaria experiencia de trabajo disciplinado y estaban demasiado dispersos para servir de base a una economía rural fuerte.

El primer recurso de los portugueses fue esclavizar a los indios, seguido del uso de portugueses de baja calidad. Esta solución resultó ser bastante limitante, y se inició una gran y trágica etapa histórica de reubicación de la población africana hacia América, intensificando al máximo el antiguo comercio de esclavos árabes en África. Este comercio se convirtió en una de las dos empresas más importantes del capitalismo mercantil, superando los ingresos de las operaciones de producción. Como señaló Karl Marx, uno de los principales fundamentos de la acumulación de capital original que permitió la creación de la industrialización capitalista moderna fue el comercio de esclavos, que estaba bajo el dominio inglés en el siglo XVII (Dean, 2000).

El conjunto de reformas socioeconómicas llevadas a cabo en esta época puede caracterizarse como un proceso de modernización cuyos aspectos básicos son los siguientes 

1) El comercio del país se extendió al mercado internacional (especialmente al inglés) estableciendo un intercambio basado en valores (con relaciones desiguales, como se explica más adelante) y orientándolo en torno a la teoría del libre mercado. El conflicto entre la ideología liberal y el proteccionismo que tuvo lugar en esta época dio como resultado el éxito de la primera y el fortalecimiento de la burguesía agroexportadora, cuyos intereses se confundían con el imperialismo inglés, que en ese momento estaba en pleno dominio.

2) A pesar de la existencia de relaciones esclavistas hasta 1888, el capital industrial inglés ya estaba presionando para abolir la trata de esclavos, y posteriormente la esclavitud, y a finales de siglo había surgido un híbrido de régimen salarial capitalista y relaciones laborales semiserviles. Por lo tanto, se prepararon las bases para un mercado laboral en el que la inmigración a gran escala de inmigrantes europeos a las fincas cafeteras de So Paulo sustituyó a la expulsión de esclavos y trabajadores negros a las regiones metropolitanas. En los argumentos de la época, el elemento racial de este éxodo era sumamente evidente.

Al mismo tiempo, surgió un sector financiero que comenzó a moverse más libremente en busca de emprendimientos industriales, administrativos y de servicios, liberándose de su dependencia de la compra de esclavos y tierras. 3) A pesar del carácter conservador de la clase dirigente, la superestructura jurídica y política tuvo que ser actualizada y alterada, con importantes modificaciones a las exigencias de una sociedad liberal-burguesa, debido a la base arcaica de su autoridad (Furtado, 1965).

La formación de la República, el auge del pragmatismo como principio básico de la emergente clase media, la separación de la Iglesia y el Estado, el desarrollo de la enseñanza pública, etc., constituyeron un conjunto de cuestiones críticas para la adaptación de la superestructura a las normas cambiantes de una economía que, a pesar de modernizar sus relaciones laborales, seguía siendo agroexportadora e incapaz de superar su carácter dependiente (Rapoport, 2011).

El derrumbe definitivo de la vieja economía exportadora y la construcción metódica de una opción industrial, apoyada en una fuerte tendencia nacionalista, definieron la época que va desde la conclusión de la Primera Guerra Mundial hasta el final de los años cincuenta. Esta corriente se construyó sobre una coalición vacilante, o bloque de clase, que modificó su definición del programa transformador que conectaba su fidelidad e impacto con el tiempo.

En definitiva, las fuerzas pro-industriales acabaron acorraladas entre tres fuerzas sociales con intereses contrapuestos: el viejo sector exportador, de origen nacional o internacional, el nuevo sector industrial, dedicado íntegramente al capital internacional, y las nuevas clases asalariadas tecnológicas, operativas y profesionales, creadas como resultado de los procesos de industrialización y urbanización. La corriente nacionalista y reformista se encontró sin aliento y sin salida, presionada por la decadente pero aún fuerte industria exportadora, las aspiraciones hegemónicas del capital monopolista internacional y la creciente conciencia y organización del movimiento radical.

Su debilidad innata, así como los límites de la coalición de clase que la mantenía y la visión histórica que propugnaba, se revelaron paradigmáticamente en 1964. La dependencia de la oligarquía cafetera de las políticas gubernamentales les empujó a ejercer un férreo control sobre el gobierno. Pero al depender cada vez más del Estado, creando inflación y exigiendo importantes sacrificios nacionales para sostenerla a largo plazo, esta estrategia se vio socavada y se vio obligada a hacer concesiones y acuerdos con las nuevas clases en desarrollo de las zonas urbanas. Asimismo, al devaluar la moneda nacional, esta estrategia elevó el coste de los bienes importados, favoreciendo a la industria nacional mediante una especie de proteccionismo indirecto.

La crisis mundial de 1929 asestó un golpe fatal a la burguesía cafetera. La crisis provocó una fuerte caída del comercio mundial y de las exportaciones de café. La burguesía agroexportadora perdió su supremacía, que había impuesto sin mayores problemas a través del complejo sistema de concesiones políticas de los gobernantes detallado en el capítulo anterior, sin perder su relevancia en la vida nacional. Tuvo que conformarse con una ayuda estatal más atenuada en el interior y aceptar la llamada «confiscación cambiaria», que puso bajo control gubernamental el dinero extranjero obtenido de las exportaciones.

Para que el Estado modificara tan drásticamente su posición frente a la élite rural-exportadora, fue necesario un cambio en 1930, que sentó las bases de un nuevo programa estatal industrial y nacionalista. Esta conciencia debía adaptarse a las condiciones especiales de un país dependiente, donde el progreso industrial se basaba estructuralmente en la capacidad de importar maquinaria y materias primas. El deseo de controlar las divisas y utilizarlas para invertir en la industria nacional es el núcleo de la «revolución burguesa» de estas naciones, es decir, la capacidad de acumular el capital necesario para la industrialización.

La exigencia de que la reproducción del sistema capitalista dependiente incluya el sector exterior se ha denominado «acumulación externa de capital», porque el sector de producción de estos países, al que Marx se refiere como sector I, está situado en el exterior (máquinas, implementos y materias primas industrializadas en particular). El problema fue fácilmente reconocido por los dirigentes industriales de la época, en particular Robert Simonsen (Simonsen, 1939). La crisis del sector exportador comenzó en la década de 1920, y todos los intentos de la burguesía agrícola por recuperar el control hegemónico del poder político fracasaron.

Entre los años 1930 y 1950, la industria exportadora perdió constantemente su participación principal en el ingreso nacional, disminuyendo del 17 al 6%. Asimismo, los ingresos de la agricultura dejaron de ocupar el primer lugar en el producto nacional, siendo superados por los ingresos de los sectores industrial y de servicios. Como ya se ha dicho, la industrialización evolucionó como complemento de la industria exportadora a finales del siglo XIX y principios del XX. El desarrollo industrial fue posible gracias a las economías externas creadas por los mercados internacionales y al mercado interno creado por este sector. En la parte anterior de este capítulo se mostraron otras características particulares de esta conexión. Se explicó cómo el sector exportador proporcionaba fondos al sector manufacturero para importar maquinaria y materias primas.

Sin embargo, había otras interdependencias entre los sectores industriales emergentes y el sistema de exportación existente. El sector agroexportador producía la mayor parte del capital que se trasladaba a la industria. Los excedentes de exportación podían utilizarse para adquirir productos de lujo o para financiar una industria cafetera que se tambaleaba a partir de 1930 (los demás sectores de exportación tampoco eran muy lucrativos). Sin embargo, estos excedentes de agroexportación podrían utilizarse directamente en empresas industriales o de servicios, o los bancos podrían apoderarse de ellos para utilizarlos en los nuevos sectores activos del crecimiento económico.

La elevada tasa de esclavitud moderna en el campo dio lugar a un enorme excedente económico, que se transformó en dinero, créditos y valores que podían ser explotados en los sectores más lucrativos de los mercados locales e internacionales. El papel moneda fue siempre una técnica de concentración y dirección de los recursos de la economía, que casi siempre se tradujo en inflación. Los que prestan dinero tienden a perderlo en un entorno inflacionista, pero los que invierten no tienen que tener miedo de pedir prestado. En consecuencia, la inflación beneficia a la industrialización de dos maneras: como devaluadora del capital tomado por los capitalistas y como valorizadora de los precios de los bienes importados.

En estas circunstancias, es fácil ver qué tipo de medidas adoptaría una burguesía industrial capaz de proteger sus intereses de clase. Estas políticas no serían de ninguna manera burguesas radicales. Una gran reforma agrícola, una postura antiimperialista, una defensa de la soberanía burguesa, etc., nunca serían sus banderas. En estas circunstancias, el programa industrial burgués buscaría preservar los ingresos del sector exportador (que simbolizaba su mercado interno potencial), controlar el capital extranjero, facilitar el crecimiento del crédito y de los salarios, y sentar las bases para que el Estado invierta u obligue al capital internacional a invertir en las ramas de construcción de la creación de recursos humanos.

La primera Era de Vargas

Todavía existen numerosos malentendidos sobre el verdadero significado de la Revolución de 1930, que es necesario explicar. En primer lugar, se cuestiona ampliamente el carácter democrático-burgués del documento, debido al conflicto entre los revolucionarios de 1930 y el levantamiento constitucionalista de 1932. Así, Paulo se convertiría en el epicentro de la industrialización brasileña, pero sería rechazado en sus objetivos liberales cuando su petición de una asamblea constituyente fue denegada en 1932. Además, ya se ha demostrado cómo los valores liberales entraban en conflicto con los objetivos proteccionistas y centralistas de la burguesía industrial, único programa viable frente a la dependencia.

Por lo tanto, es ilógico que la propuesta industrial buscara sus fuentes doctrinales no en el liberalismo de las oligarquías paulistas, sino en un totalitarismo corporativo como el de Oliveira Vianna (1956) o el de Azevedo Amaral (1938), que daba continuidad a los conceptos positivistas y siempre serviría de motivación a las clases medias y a la burguesía brasileña. En segundo lugar, el carácter industrial y democrático burgués de la revolución es frecuentemente cuestionado por quienes la dirigieron. Getulio Vargas era un ganadero del sur y, por tanto, parte de la élite rural brasileña, y la dirección revolucionaria carecía de una figura burguesa industrial famosa.

Es importante señalar que Rio Grande do Sul fue el epicentro del movimiento radical-democrático brasileño. Garibaldi, seguidor de Buonarotti, luchó en esta zona, que fue un terreno de cultivo constante para el republicanismo avanzado. También fue en el sur donde el positivismo alcanzó sus manifestaciones más liberales y democráticas (sin negar el papel de los caciques y caudillos), así como algunas de las primeras corrientes socialistas del país. Getulio Vargas era un descendiente de esa estirpe extrema. Desde el siglo XIX, los ganaderos del sur se dedican al sector de la cecina y no pueden llamarse latifundistas ordinarios.

Establecieron un negocio agrícola orientado al mercado interno, que refleja su nacionalismo conservador y progresista. La esclavitud en el Sur nunca estuvo tan extendida como en el resto del país, y su temprana industrialización permitió la aparición de un poderoso proletariado ya a principios de siglo. Los políticos del Sur, como era de esperar, se volvieron más ideológicos y se prepararon para ofrecer programas de gobierno más cohesionados para el país. El ciclo de Vargas se proyectó sobre las figuras de Goulart y Brizola, expresando cada vez más explícitamente los contenidos más sofisticados de su filosofía, así como el contexto histórico en el que se formó.

La reglamentación laboral, los marcos reguladores de la seguridad social y la legislación sindical se establecieron firmemente en el país durante el Nuevo Estado, haciéndolos ver como una «concesión» de Vargas a los trabajadores brasileños. Esta ilusión pudo crearse porque las generaciones posteriores de trabajadores, que habían emigrado últimamente del campo para unirse al boom industrial del país, estaban totalmente desinformadas de las tradiciones revolucionarias del movimiento obrero. Los movimientos populares y obreros estaban muy debilitados por la dura represión de la dirección comunista (que siguió al claro fracaso de los dirigentes anarquistas de 1917 a 1920) en el llamado «Intento» de 1935, y las concesiones del jefe del Nuevo Estado parecían ser verdaderamente personales y discrecionales.

Los componentes modernizadores de Vargas en el ámbito social y económico no fueron planificados con antelación. De hecho, Getlio Vargas había sido ministro de Hacienda durante la presidencia de Washington Lus, en 1927, y había estado de acuerdo con las visiones de política macroeconómica comúnmente practicadas hasta entonces, antes de asumir la presidencia de la República (1930) e imponer al país lo que sería su modelo de administración. La Alianza Liberal, el movimiento político que apoyó la candidatura de Vargas en 1929/1930, no avanzaba en ningún principio social o económico novedoso, pero ya se percibía una clara crítica al progresismo oligárquico del país desde el punto de vista político.

Vargas, en cambio, actuó como un agente modernizador al llegar a la presidencia. El mundo estaba cambiando, sin duda, a raíz de la crisis financiera internacional de 1929, lo que llevó a los funcionarios brasileños a poner en marcha acciones extraordinarias para hacer frente a la crisis financiera. Las fuerzas externas, por otro lado, son insuficientes para explicar los contornos que tomaría el Estado brasileño bajo el liderazgo de Getlio Vargas. Para abordar estas cuestiones, nos centraremos en las instituciones establecidas durante la era Vargas, así como en las políticas aplicadas y sus resultados. 

Por último, describiremos el modelo de desarrollo de la era Vargas, que puede resumirse en expansionismo, industrialización, independencia e intervención gubernamental en la economía. Desde el punto de vista social, el concepto se centraba en la creación de una gran red corporativista que considerara los intereses de las empresas y garantizara los derechos sociales de los empleados manteniendo el control sobre ellos. Formuló un movimiento revolucionario con sus socios en las elecciones presidenciales de 1930, que obtuvo un apoyo ostensible del pueblo y de los militares y lo impulsó al poder. Vargas, en cambio, no impuso este paradigma por sí mismo. Tenía partidarios y defensores en el ejército y en la floreciente burguesía industrial, ambos deseosos de medidas proteccionistas, y los tuvo durante décadas. Los regímenes militares, por ejemplo, lo promovieron de muchas maneras, incluso cuando repudiaron sus raíces populares y populistas (1964-1985).

Además, la industrialización y las regulaciones sociales que se produjeron en la nación después de 1930 no fueron diferentes a las que se desarrollaron en otros países latinoamericanos. En cambio, debido al mecanismo de sustitución de importaciones, fue una época muy favorable para todo el continente. En conclusión, el período de Vargas está marcado por un conjunto de rasgos que se extienden más allá de la administración de Getulio Vargas y, en consecuencia, está más arraigado culturalmente de lo que suelen presumir los innovadores de los cambios políticos de los años ochenta y noventa.

2. Pregunta clave, hipótesis y objetivos

Pregunta clave e hipótesis

¿Qué intereses hay detrás de las políticas económicas utilizadas en los dos periodos de orígenes de industrialización de Brasil?

Objetivos

Objetivo General

Analizar los orígenes de industrialización de Brasil

Objetivos específicos

1.    Explicar la historia de la economía  del Brasil antes del proceso de industrialización.

2.    Describir el fin de la vieja república y el porqué del fallo de las políticas económicas usadas hasta entonces.

3.    Analizar el paso de una economía pre-industrializada para las exportaciones agrarias a una economía con fuerte crecimiento de la industrialización para cubrir el mercado interno en Brasil.

3. Historia de la economía del Brasil antes del periodo de industrialización, con la modernización de la sociedad agroexportadora y los primeros desarrollos industriales

Muchos teóricos y autores de la primera dependencia afirmaron que 1930 marcó el inicio de la historia moderna de Brasil, ya que el proceso de industrialización -o la posibilidad de industrialización- comenzó en esa época, lo que suscitó considerables críticas. Si el significado de los choques externos está en el centro de la disputa sobre la industrialización y el desarrollo, el problema del espíritu empresarial está en el centro de la discusión sobre la industrialización en general. 

Los orígenes modernos de la controversia pueden remontarse al trabajo clave de W. Dean sobre el boom industrial de Sao Paulo. La refutación de Dean a la creencia generalizada de que la manufactura moderna comenzó en 1930, que había sido investigada a fondo y ampliamente aceptada, incluía una afirmación considerablemente menos aceptada de que la innovación industrial en Brasil antes de la Segunda Guerra Mundial era de origen extranjero.

Los industriales procedían exclusivamente de los altos cargos de los comerciantes de ultramar, de los pequeños capitalistas inmigrantes (o de los extranjeros a los que les había ido bien en el sector del café) y de los gestores de la diáspora, mientras que los plantadores de So Paulo eran los agentes de la modernización agrícola y el crecimiento de la producción y las exportaciones de café sostenía la expansión industrial. Los defensores de las escuelas cepalistas y de Campinas han rebatido eficazmente este punto de vista (Fishlow, 1972). El indicador del PIB per cápita es la primera estadística que ofrece información útil sobre la economía brasileña.

En 1950, la renta per cápita media de sus habitantes era aproximadamente un tercio de la de las naciones europeas más sofisticadas, como Francia y Holanda, y se acercaba considerablemente a la de Portugal, Grecia o España, entre el 75% y el 87%. 5 Estas disparidades se ampliaron a lo largo de la segunda parte del siglo XX, hasta el punto de que, a finales de siglo, la renta per cápita brasileña había acumulado una enorme diferencia con la de todas las naciones europeas. Es sólo el 25-30% de la renta per cápita de los países más fuertes de la región, como Francia, Alemania, Holanda e Italia, y sólo el 35-45% de la renta media de los países europeos con los que Brasil estaba relativamente «cerca» en aquella época (Bruno, 2007).

La tendencia es clara, y el contraste con España es instructivo: en la segunda mitad del siglo XX, el PIB per cápita de Brasil cayó del 75% al 36% en comparación con España. Dado que Brasil tuvo un desarrollo económico robusto y sostenido entre 1950 y 1980, que se tradujo en un enorme impulso de industrialización y, con él, en sustanciales transformaciones de diseño, la brecha aumentó. A partir de la década de 1980, esta relación se vio significativamente alterada.

En todo caso, el sistema productivo brasileño ha estado plagado de fallas que han ahogado sus procesos de acumulación a lo largo de los años. Presenta una fuerte precariedad en las ramas productoras de bienes de capital, un stock de capital muy limitado y un crecimiento de la productividad del trabajo definitivamente insuficiente, tres criterios que identificamos como parte de las restricciones estructurales al desarrollo en la sección anterior. El sistema de funcionamiento económico que permitió a Brasil alcanzar altas tasas de crecimiento y al mismo tiempo promover una importante industrialización a lo largo de tres décadas corresponde, a grandes rasgos, a la estrategia de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) propuesta en su momento por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y el Banco Nacional do Desenvolvimento (BNDES) brasileño (Dos Santos, 1994).

Figura 1.  Estructura sectorial de la industria

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Fuente:Medialdea, 2012.

Este enfoque se basa en un proceso de industrialización rápido y amplio, guiado e impulsado por el gobierno y dirigido al mercado local. Como resultado, la industria se convirtió en el motor de la expansión y el punto central de cambios económicos y sociales de gran alcance. «[…] la industrialización, considerada como el establecimiento de un sistema industrial, es la base del proceso nacional-desarrollista, que se inició en 1930 y seguiría siendo el proyecto nacional brasileño durante el siguiente medio siglo», afirma Carlos Lessa (Lessa, 2005). Como resultado, la estructura industrial ha cambiado significativamente.

Las actividades agrícolas e industriales, como se muestra en la figura 1, pasaron de tener casi el mismo peso en la producción en 1950 (alrededor del 24%) a perder y ganar 15 puntos porcentuales, respectivamente. En 1980, el crecimiento económico produjo sólo el 10,1% de la producción global, mientras que la industrial produjo el 40,9%. Los servicios, por su parte, mantienen una cuota prácticamente igual (Medialdea, 2012)

Posteriormente, entre 1995 y 2005, la importancia de las operaciones industriales osciló entre el 26% y el 30%, situando al sector en una posición relativa inferior a la de principios de los años sesenta, como se observa en el Gráfico 1. Sin embargo, a pesar de los treinta años de «prodigiosa» expansión y aceleración de la industrialización, la estructura productiva brasileña no pudo superar las fallas que obstaculizaron los procesos de acumulación. Cuando el enfoque de la ISI fracase, será aún menos eficaz. En efecto, la industria brasileña arrastra desde hace décadas su deficiencia fundacional: no es capaz de producir bienes de capital en cantidad suficiente para permitirle solidificar su potencial de adquisición interna.

Aunque hay que señalar que las cifras iniciales eran relativamente modestas, el proceso de industrialización llega a decidir un primer avance en la producción de bienes de capital (material de transporte e industria estructural), cuya participación en la industria de transformación pasa del 4% al 16% en 1980, aunque hay que señalar que las cifras iniciales eran exiguas, por lo que los bienes de capital sólo representan una sexta parte de la industria de transformación. Además, la industria de la ingeniería mecánica, que está en el centro de la fabricación de maquinaria, sólo representa el 8% del total. Y, en las décadas posteriores, el crecimiento de la producción de bienes de capital es pequeño, con una media del 0,5% anual entre 1981 y 2005, lo que confirma la insuficiente especialización de Brasil en este sector (Siqueira, 2000).

Según Carvalho y Kupfer (2007), los bienes de capital han mantenido un peso relativo en el sector transformador de apenas 2,5 puntos porcentuales más que en 1980 desde el inicio de la década de 1990, mientras que la industria técnica incluso ha disminuido su proporción (entre el 6,5 y el 7 por ciento ). Hay que hacer una consideración más. No sólo la industria ha perdido peso en el total de la producción desde 1980, sino que la industria de progresión también ha perdido un importante peso relativo: según las mismas fuentes mencionadas en el párrafo anterior, pasó de estar en torno al 78% entre 1950 y 1980, a perder casi un diez por ciento de cuota y situarse en el 69,8% en 1993, hasta casi el 60% en el momento actual.

Esto significa que las actividades industriales más activas han sido las relacionadas con la minería, la construcción y los servicios básicos (agua, gas, electricidad), mientras que las ramas manufactureras han crecido lentamente, especialmente las que crean bienes de equipo. En consecuencia, la especialización en este tipo de productos ha disminuido más de lo que sugieren los datos anteriores. Otro elemento de la precariedad productiva de la industria brasileña es que no sólo produce bienes de capital en cantidades ínfimas, sino que tampoco los necesita. Así lo demuestra el hecho de que sus importaciones sólo representan un pequeño porcentaje del conjunto de las compras internacionales, que oscila entre el 10% y el 20%.

El crecimiento de la base industrial, en cambio, se centra sobre todo en la fabricación de bienes de consumo duraderos (principalmente vehículos y electrodomésticos), así como en los productos intermedios necesarios para abastecerlos. Estas líneas productivas, que fueron la base de la importante expansión registrada entre 1950 y 1980, siguen representando la mayor parte de la producción industrial manufacturera. Según Sochaczewski (1993), la fabricación de bienes de consumo duraderos creció a un ritmo anual del 18,2% entre 1952 y 1961.

Hasta finales de los años 70, se mantuvo la vitalidad de estas ramas. Aunque el desarrollo de la producción de bienes de consumo duradero se ralentizó tras la crisis industrial de la década de 1980 hasta el punto de que no se produjeron modificaciones significativas, la industria brasileña conservó su experiencia en este tipo de productos.

Entre 1981 y 2005, registraron una tasa de crecimiento anual del 4%, que es casi tres veces superior a la del subsector en su conjunto (1,4%). Por último, la falta de concentración productiva del país se verifica por el hecho de que las ramas industriales tradicionales (como la alimentación y las bebidas, el textil, la confección y el calzado) siguen representando una gran parte de la producción manufacturera. Lejos del 75% que representaba en 1950, representaba sin embargo cerca del 40% de la fabricación en 1980, y se ha mantenido entre el 33% y el 35% en las últimas décadas, una proporción relativa bastante elevada (Medialdea, 2012)

Entre 1981 y 2005, el sector de la alimentación y las bebidas mantuvo una proporción constante de entre el 16% y el 20%, mientras que las industrias textil, de la confección y del calzado tuvieron una participación de entre el 7% y el 12%. Las insuficiencias descubiertas en las ramas de bienes de capital y productos intermedios que las abastecen son consistentes con la elevada cantidad diferente de ramas poco intensivas en capital. En resumen, la estructura interna de la industria brasileña indica su debilidad productiva: la incapacidad del país para fabricar bienes de capital, así como la baja importación de maquinaria y equipos productivos. Como resultado, la especialización económica no indica un aumento significativo de la producción de productos intermedios que se utilizarán en la elaboración de bienes de capital (Medialdea, 2009).

La combinación desfavorable de estos dos factores crea una restricción estructural que tiene un impacto significativo en las perspectivas económicas del país. Esta restricción, que reconocimos al observar la economía brasileña desde el punto de vista de su especialización productiva, se ve reforzada por otras dos que pueden considerarse desde el punto de vista de la dotación de recursos productivos y de la eficiencia: la debilidad del stock de capital y la escasa productividad del trabajo. En efecto, el crecimiento de la inversión fue insignificante entre 1981 y 2005. Siguió cayendo a un ritmo del 0,7% anual hasta 1992, cuando empezó a crecer a un ritmo relativamente modesto del 1,6% cada año.

Si observamos la evolución de la inversión en bienes de equipo, los resultados no son mucho mejores: aumenta a un ritmo relativamente lento del 1,4 por ciento anual hasta 1992, y luego crece a un ritmo del 3,4 por ciento anual en los años siguientes. En resumen, la dinámica de la inversión ha sido pésima durante los últimos veinticinco años: la inversión total ha crecido a un ritmo anual de sólo el 0,5%, mientras que la inversión en equipos ha crecido al 1,9%. 

Debido a este pobre rendimiento, incluso durante un periodo en el que el PIB crece lentamente, la tasa de inversión nunca ha alcanzado un nivel sustancial, con una media de alrededor del 19 por ciento, mientras que la tasa de inversión en equipos se ha mantenido en torno al 6,5 por ciento desde los años 90 hasta la actualidad (Garcia, 2007).

En resumen, a pesar de las décadas de mayor desarrollo y de las revoluciones económicas, entre 1950 y 1980, Brasil fue incapaz de superar las limitaciones estructurales que restringían su dinámica de inversión, y estas limitaciones se agravaron durante el siguiente cuarto de siglo. Como resultado, es evidente que la economía brasileña sufre una falta crónica de demanda de inversión, que es especialmente aguda en el caso de la maquinaria y otros equipos productivos. La composición de la inversión, por otra parte, indica que la parte destinada a equipamiento (máquinas y herramientas de trabajo) se mantiene en niveles muy bajos. Durante los años 50 y 60, la inversión en maquinaria industrial representaba el 5,6% del PIB, pasando al 8,7% en la década siguiente (datos del IPEA).

En otros términos, ni siquiera en los años de mayor crecimiento de esta inversión, como se indica en la figura 2, representó más del 40% de la inversión global. El contraste con las experiencias de las economías desarrolladas vuelve a ser rotundo: tras un primer periodo de «recepción financiera» que requiere un gran componente de inversión no residencial en instalaciones, es esta inversión la que toma la delantera, representando el 55-60 por ciento del total.

Figura 2.Tasas de inversión 

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Fuente:Medialdea, 2012.

La magnitud y la forma de la demanda interna están directamente relacionadas con las características y la evolución de la distribución de la renta nacional. Para empezar, hay que destacar el bajo porcentaje de los ingresos salariales en la renta global del país al hablar de la relación entre la distribución de la renta y la demanda de consumo en términos de volumen y composición en Brasil. En las naciones en desarrollo, los salarios representan entre el 55% y el 60% del PIB en promedio, mientras que en los países desarrollados y luego comenzó una rápida disminución después de permanecer entre este valor y el 45% en los años siguientes.

Aunque consiguió recuperarse durante los años 80 y la primera mitad de los 90 (cuando el potencial de ingresos se mantuvo prácticamente inalterado), a continuación se produjo un descenso mucho mayor: el salario básico perdió 12 puntos porcentuales de la renta total en menos de una década, hasta situarse en 2005 en torno al 36 por ciento, la proporción más baja de toda la serie histórica. A partir de los años 80, la situación se invirtió. Por un lado, la economía de la masa salarial creció de forma espectacular: entre 1981 y 2005, apenas aumentó a un ritmo del 2% anual (Medialdea, 2012).

Dado que, según las estadísticas oficiales del censo, el conjunto de la población activa urbana creció a un ritmo del 3,4% anual, se puede afirmar que el empleo asalariado siguió aumentando a un ritmo considerable y, en consecuencia, el salario unitario no creció o incluso disminuyó. Esta estimación se ve respaldada por la evolución del salario mínimo legal, que es el único que permite crear una serie salarial coherente desde 1950. 26 Tras un periodo de rápido crecimiento en términos reales a lo largo de los años 50 y 60, comenzó a descender a finales de esa década y principios de la siguiente.

El repunte posterior se interrumpió a principios de los años 80 y los salarios volvieron a caer de forma significativa, de forma que a principios de los años 90 el salario mínimo brasileño había caído a su nivel más bajo, casi el 38% de lo que había sido durante la era Vargas. Aunque desde entonces se ha recuperado marginalmente, su valor en 2005 seguía siendo el mismo que a principios de los años ochenta. También cabe destacar que el mercado laboral brasileño se ha ido deteriorando gradualmente desde la década de 1980 (Medialdea, 2009). El declive de los sectores más organizados del trabajo (la industria, incluida la producción estatal), el advenimiento del desempleo urbano como cuestión de masas y el aumento de la informalidad, entre otras cosas, han dado lugar a un aumento de la dispersión de los ingresos salariales, lo que indica que hay más personas que ganan menos.

Por último, el capital global ha estado cada vez más involucrado en la dinámica económica del país a lo largo del tiempo. Ha dominado la fabricación de una parte considerable de las mercancías generales, es decir, los artículos con mayor demanda, desde los años setenta, lo que le ha permitido obtener enormes beneficios e impulsar la dinámica de la inversión. De este modo, si bien el capital extranjero exilia una parte importante de sus ganancias, también reinvierte fuertemente, favoreciendo la inversión y el crecimiento de la producción hasta finales de los años 70. Sin embargo, tras el fracaso de la estrategia ISI, los ingresos del capital extranjero se reinvirtieron en la nación a un ritmo mucho menor (Palazuelos, 2009).

El nuevo marco de liberalización, apertura exterior y nacionalizaciones a gran escala en industrias especialmente deseables mejoró de nuevo los incentivos a la inversión en los años 90. En definitiva, los distintos tipos de posiciones de los empresarios en la actividad empresarial se convierten en un factor desfavorable para el crecimiento de la inversión a largo plazo y, en consecuencia, para la evolución de la especialización productiva, los mayores avances técnicos, el aumento de la productividad y otras características requeridas por las complejidades de acumulación de una economía desarrollada. Por eso, cuando el gobierno (que creció a un ritmo constante entre 1950 y 1980) se retira de la actividad económica, las distintas agrupaciones de capital nacionales e internacionales que ejercen el poder económico en grados variables mantienen un ciclo de inversión débil.

4. Fin de la vieja república y el porqué del fallo de las políticas económicas usadas hasta entonces.

Debido a una convergencia entre las élites del Estado, el Estado brasileño mantuvo su posición elitista y restrictiva hacia los sectores populares hasta el primer período de la República, conocido como la Vieja República, en los momentos coyunturales de su contexto evolutivo, tanto en la Independencia como en el surgimiento de la República en 1889. En consecuencia, esta adaptación es más conservadora que la hispanoamericana, pero también menos dolorosa por su proclividad a la transición y al compromiso. En su libro Os donos do poder, el historiador brasileño Raymundo Faoro describe cómo su nación ha sido gobernada por una comunidad de burócratas desde la época colonial, que, al dominar el Estado, han frustrado el progreso autónomo del país (Burns, 1993).

Cuando se produjo la primera gran revolución nacional brasileña, en 1930, se rompió esta tendencia. El estado económico del país en ese momento se cruzó con la Gran Depresión del capitalismo internacional en 1929, que comenzó con la caída de la bolsa de valores de Nueva York, que sirvió como catalizador en Brasil de los conflictos internos que se habían acumulado en toda la Vieja República. El acuerdo de gobernadores formado por las respectivas oligarquías en 1930 acabó con el sistema federal regido por los estados de Sao Paulo y Minas Gerais. Brasil tomó un camino zigzagueante entre 1954 y 1964, recogiendo una enorme oposición como resultado de los enfrentamientos entre los elementos nacionalistas y los conocidos como «entreguistas», que abogaban por un acuerdo con el capital extranjero (Ferreira, 2007).

En esta década se consiguieron grandes logros, como los conseguidos durante el gobierno del presidente Juscelino Kubitschek, cuyo lema era «50 años en 5 años». La creación de la nueva capital, Brasilia, se destaca en el proyecto de transformación nacional del gobierno, cuya trascendencia se reflejó en el ordenamiento general del país, así como en el ordenamiento estadístico, con una mejor distribución de los habitantes en el vasto territorio del país. A la abrupta destitución de Janio Quadros como Presidente de la República, en agosto de 1961, siguió el dramático desenlace del golpe de Estado del Presidente Joao Goulart, en 1964.

Durante la década de 1980, el paso de la dictadura militar a las administraciones democráticas civiles se produjo en medio de un clima de distensión o apertura política. En 1985, cuando el régimen del general Joao Figueiredo (1979-1985) se acercaba a su fin, éste convocó elecciones indirectas, que fueron ganadas por Tancredo Neves, candidato del partido opositor PMDB. Debido a la muerte de Tancredo Neves, el vicepresidente, José Sarney, fue elegido para la presidencia. Debido a que el país no estaba a la altura de los rápidos cambios en el orden mundial en vísperas de la industrialización, la formación de las primeras administraciones civiles fue un proceso difícil (Siemian, 2003).

En esta perspectiva, el país estaba muy afectado por la deuda externa, la inflación y la falta de acuerdo político, mientras que el deseo de los militares de convertir a Brasil en una potencia mundial nuclear fracasaba y los civiles eran incapaces de definir un nuevo proyecto patriótico. El país seguía a la deriva a principios de la década de los 90, y la incertidumbre alcanzó su punto álgido en octubre de 1992, cuando el presidente Fernando Collor de Mello fue sometido a un juicio político, destituyéndole del cargo y allanando el camino para que el vicepresidente Itamar Franco ascendiera a la presidencia. A partir de ese momento, el nuevo gobernante adoptó una postura nacionalista, rechazando el plan norteamericano del ALCA y manifestando su preferencia por el mercado sudamericano.

Esta postura contribuye al desarrollo de un centro político fuerte en Brasil, asegurando la estabilidad del país al entrar en el nuevo milenio. La perspectiva nacionalista y el centralismo político son los factores políticos y sociales que permitieron el establecimiento del Estado lulista en 2002, un paradigma que ahora es evaluado por la sociedad brasileña en junio de 2013. Como resultado, a lo largo del siglo XX, Brasil desarrolló su política exterior tomando como modelo a Estados Unidos (Bauman, 2010).

Brasil entabló relaciones políticas con la potencia del norte en tres momentos cruciales de su actividad financiera: a principios de siglo, durante el gobierno del canciller Rio Branco, para acompañar las exportaciones preferenciales de café; durante la Segunda Guerra Mundial, en la época de Vargas, para lograr el despegue productivo; y durante el régimen totalitario, entre 1964 y 1973, con el objetivo de convertirse en una potencia atómica.

5. Paso de una economía pre-industrializada para las exportaciones agrarias a una economía con fuerte crecimiento de la industrialización para cubrir el mercado interno en Brasil.

Las naciones latinoamericanas experimentaron importantes transformaciones políticas y económicas en la década de 1990. En el plano político, se sentaron las bases para que las naciones se incorporaran a la corriente democrática. Brasil no fue diferente. La economía brasileña se adhirió al objetivo de formar parte del desarrollo económico como potencia emergente durante esta década. Brasil, al igual que China, India, Sudáfrica y México, aplicó una serie de políticas destinadas a crear un entorno más competitivo y abierto y a erradicar el Sistema de Sustitución de Importaciones (SSI).

Antes de la aplicación de las reformas estructurales, la economía brasileña experimentaba un deterioro de la situación, que incluía: i) inflación acelerada; ii) tasas financieras decrecientes; iii) tasas de crecimiento económico muy pobres y decrecientes; iv) grandes déficits fiscales; v) contracción de la intermediación financiera; vi) bajas tasas de generación de empleo; y vii) importantes disparidades económicas en la distribución de la renta, por nombrar algunas. Antes de 1990, los gobiernos habían centrado su política económica en la primacía del Sistema de Sustitución de Importaciones (SSI), pero con complejidades similares a las señaladas por la CEPAL. El SSI dio lugar a continuas ineficiencias en el trabajo y a la ineficacia del gobierno federal para abordar los problemas de la pobreza (Barros, 2001).

Para combatir la creciente inflación y el escaso desarrollo económico, las sucesivas administraciones aplicaron políticas centradas en la relajación fiscal, la privatización, la desregulación y, sobre todo, la reforma económica. Esta última fue el principal instrumento de política orientado a la estabilidad de los precios y se desplegó en un periodo de tiempo muy corto (1990-1993). Sin embargo, las mejoras estructurales no se tradujeron en unos resultados macroeconómicos adecuados (al menos no con la rapidez esperada). El gobierno disfrutó de una balanza de pagos y de importantes reservas de divisas durante la primera parte de la década de 1990 (Gomes, 1995).

Sin embargo, en la última parte de la década de los 90, este patrón general se invirtió, con un rápido deterioro de varios índices macroeconómicos. Los tecnócratas brasileños merecen el mérito de haber conseguido reducir las tasas de inflación a finales de 1997: la tasa de inflación anual bajó del 2.000% en 1994 al 66% en 1995, y finalmente a un solo dígito (6,9%) en 1997. Esta desaceleración económica fue causada por una multitud de cosas. En primer lugar, el aumento de los déficits públicos se debió a un incremento del número de empleados públicos jubilados, a un considerable aumento real del valor del salario mínimo (que se tradujo en aumentos de las pensiones y de los pagos a la seguridad social) y a un empeoramiento de la situación fiscal de los gobiernos regionales.

En segundo lugar, tras el fuerte descenso de la inflación en 1995, el Banco Central inició una estrategia de restricción monetaria para evitar una burbuja de gasto. En tercer lugar, la balanza comercial se deterioró rápidamente debido a un tipo de cambio inflado y a los bajos aranceles, registrándose déficits durante la segunda parte de los años noventa. La sobrevaloración del tipo de cambio y la contracción de la economía en general que dominaron la mayor parte de la década de los 90 condujeron a la profundización del déficit por cuenta corriente, y la introducción de un sistema de tipo de cambio flotante no cambió la política cambiaria hasta 1999. El déficit por cuenta corriente, que había alcanzado una media del 0,3% del PIB en 1994, se elevó al 4,5% en 1998 (Ocampo, 2001).

La crisis de los tipos de cambio en 1998 y los malos resultados de la cuenta de servicios, debidos sobre todo al aumento de los pagos de intereses y a la repatriación de beneficios al extranjero, fueron otros de los principales factores que contribuyeron al deterioro. 6 Estas variables fueron el resultado directo de los elevados costes reales de endeudamiento externo de Brasil pagados a los acreedores internacionales de los bonos de la deuda brasileña, así como del aumento de la deuda externa y de la inversión extranjera directa (que representaba casi el 9,7% del PIB en 2000, frente al 0,2% en 1990).

El panorama subyacente presentaba dos frentes clave hacia el final de la década: unos resultados económicos inadecuados en términos de tasas de crecimiento (tasas inferiores al 1,5% anual); y ii) un crecimiento salarial crónico (con tasas superiores al 6% anual).

La decisión del gobierno se tomó con el objetivo de reducir la actividad económica y controlar la inflación. Las tasas de crecimiento del PIB en la década de los 80 alcanzaron una media del 2,9% anual, pero en los 90 se redujeron a una media anual del 1,7%. Como ya se ha dicho, la administración dio prioridad a la adopción de políticas de liberalización del comercio, al control de la inflación y a la aplicación de una estricta disciplina presupuestaria en la primera parte de la década de 1990. El sector privado (que aumentó un 13,7 por ciento) y el sector público (que creció un 6,2 por ciento) fueron los principales motores del crecimiento mientras el gobierno apoyaba las reformas económicas. Sin embargo, la contribución del sector exterior fue negativa (disminuyó un 3,5%) (CEPAL, 2004).

En la segunda mitad de la década de los 90, las exportaciones continuaron su pauta de crecimiento y, en consecuencia, aumentaron menos que las importaciones, contribuyendo a una influencia negativa en el crecimiento del PIB del sector exterior. Se observaron entonces los mismos patrones que persistieron a lo largo del período posterior a la liberalización (1995-1998), pero con menor gravedad (-0,8 por ciento ). El sector privado fue el que tuvo una mayor influencia beneficiosa. En consecuencia, después de 1990, el porcentaje de las exportaciones totales y de la inversión en la demanda agregada disminuyó, mientras que los porcentajes del gasto público y del consumo privado aumentaron. La demanda interna fue sistemáticamente el factor clave de la evolución del PIB brasileño durante el largo período comprendido entre 1975 y 1998.

Durante el periodo de políticas económicas heterodoxas (entre 1984 y 1987), el SSI desempeñó un papel constructivo al reducir las importaciones para evitar los déficits comerciales y producir efectivo extranjero para pagar la deuda externa. 16 La producción total cayó cuando la inflación alcanzó niveles hiperinflacionarios como resultado de la reducción de las exportaciones y el aumento de las importaciones. La demanda interna fue la principal fuente de desarrollo económico en la primera mitad de la década de 1990, seguida por el crecimiento de las exportaciones y la rápida expansión de las importaciones, ya que las barreras comerciales y los aranceles se habían reducido y el tipo de cambio se había sobrevalorado considerablemente. Entre 1995 y 1998, el crecimiento acumulado del PIB fue casi el mismo que durante la primera mitad de la década, pero la demanda interna fue la principal fuente de crecimiento, mientras que las exportaciones disminuyeron (CEPAL, 2004).

De 1981 a 1994, la balanza comercial de Brasil fue constantemente positiva, pero antes y después de esos años, fue extremadamente negativa. Los superávits que comenzaron en 1981 fueron el resultado de una gran reestructuración tras la crisis internacional del petróleo y de una importante depreciación de la moneda. Las importaciones pasaron de 20.500 millones de dólares en 1992 a 50.000 millones de dólares en 1995 en un plazo bastante breve. Mientras tanto, las exportaciones globales pasaron de 35.700 millones de dólares en 1992 a 46.500 millones en 1995. 17 La combinación de la globalización, el uso de las importaciones como instrumento para limitar la formación de precios locales y la sobrevaloración del tipo de cambio dieron lugar a déficits a partir de 1995 (Felgueres, 2004).

En consecuencia, el régimen comercial más liberal y la sobrevaloración del tipo de cambio formaban parte de una reforma económica más amplia que pretendía reducir la inflación al tiempo que aumentaban los déficits comerciales. A pesar de que la apertura económica aumentó el rendimiento tanto de las importaciones como de las exportaciones, el crecimiento de las exportaciones fue inferior al de las importaciones. En la década de 1980, el crecimiento de las exportaciones alcanzó el 4,39%, pero en la década de 1990 cayó a una media anual del 1,34%. Los productos industriales aumentaron su proporción de las exportaciones totales del 45% en 1980 al 61% en 2000, mientras que los bienes primarios disminuyeron del 43% al 23% durante el mismo periodo. Mientras tanto, los términos comerciales se deterioraron, lo que hizo necesario un aumento de las exportaciones para hacer frente a la situación.

La penetración de las importaciones se duplicó entre 1990 y 1998, pasando del 5,5% en 1990 al 13,4% en 1998. Cabe destacar que, en contra de lo esperado, no hay patrones distintos de penetración de las importaciones para las industrias antiguas y contemporáneas. La estrategia económica de Brasil tuvo que cambiar drásticamente en la década de 1990. El gobierno brasileño optó por cumplir los requisitos del Consenso de Washington. Para ello, la economía brasileña se vio expuesta a una serie de iniciativas de ajuste (la más destacada de las cuales fue el Plan Real). En la década de 1990, las sucesivas administraciones aplicaron una estrategia centrada en el ajuste fiscal, la privatización, la desregulación y, en particular, la liberalización del comercio, con el fin de invertir la tendencia al aumento de la inflación y al débil desarrollo económico que había caracterizado la década de 1980 (Maia, 2001).

Esta situación general se invirtió en la segunda parte de esta década, con un drástico descenso de varios parámetros macroeconómicos. Sin embargo, a finales de 1997, las tasas de inflación habían disminuido considerablemente: la tasa de inflación anual había bajado del 2.000% en 1994 al 66% en 1995, y luego a un solo dígito (6,9%) en 1997. En cuanto a la influencia de Brasil dentro del MERCOSUR, es evidente que es la economía más poderosa de la región. Brasil fue el primer exportador de los países del MERCOSUR en la década de 1990. Su ventaja competitiva se centró en ser un buen exportador de recursos naturales y tener actividades de ensamblaje de alta tecnología.

Gracias a estos dos factores pudo aumentar su cuota de mercado como exportador, mientras que su capacidad para mejorar su balanza comercial fue limitada. No obstante, los logros globales de Brasil en la década de 1990 son ambiguos. Por un lado, el país ha conseguido mejorar su competitividad internacional y, en particular, ser reconocido como una potencia emergente, comparable a Sudáfrica o India. Sin embargo, las cifras que se ofrecen aquí revelan que el crecimiento económico registrado no ha influido lo suficiente en el tan necesario progreso económico del país.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONCLUSIONES

La estrategia de industrialización de Brasil, basada en la regulación del mercado interno y la centralización gubernamental desde la década de 1930, ha proporcionado al país cincuenta años de sólido desarrollo. Sin embargo, este modelo fue incapaz de distribuir equitativamente los beneficios de la prosperidad y, en los años 80 («la década perdida»), había llegado al final de su utilidad. La mayoría de los países desarrollados siguieron este modelo de centralización estatal y proteccionismo económico hasta los años 70, cuando Margaret Thatcher y Ronald Reagan se atrevieron a desafiar el orden económico vigente proponiendo un nuevo modelo liberalista (neoliberalista), que tenía sus raíces en el marco liberal de Adam Smith y que había sido refutado desde la depresión de 1929.

El nuevo paradigma liberal tardó una década en materializarse en los países latinoamericanos. En el caso de Brasil, no se empezó a hablar de liberalización económica hasta los años 90. No fue difícil convencer a la sociedad brasileña de la necesidad de reformar el sistema en aquel momento, porque el país se encontraba en un estado de anarquía total, con tasas de inflación mensuales que oscilaban entre el 20% y el 80%, problemas sociales crecientes, estancamiento económico y desintegración política. Todos estos problemas empezaban a poner en peligro la recién conquistada democracia del país, y fue en este contexto en el que se presentó al pueblo un cambio de modelo económico y de estructura estatal.

Fernando Henrique Cardoso, entonces Ministro de Economía (1993-1994) y luego Presidente de la República (1995-2002), fue el principal responsable de los cambios económicos que condujeron a la apertura de la economía (FHC). Es el creador del Plan de Estabilidad Económica, en vigor desde 1993. FHC situó decisivamente a la nación en el paradigma de la economía mundial de la apertura económica como Presidente de la República a partir de 1995.

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